Una familia, mil historias.

DSCN5632publicado en Identidad Austral.

Chubut – Patagonia Argentina.
Tenemos el dato de un sitio en donde se pesca muy bien y hacia allá nos dirigimos. Sin embargo, la información es limitada y los mapas entregan pocas precisiones. Paramos en el pueblo de escasos 900 habitantes para tratar de conseguir algún detalle que nos ayude a dar con el lugar, pero no hay planos de caminos ni testimonios de locales que hablen sobre la zona que buscamos. Los buenos rincones patagónicos son siempre un misterio celosamente guardado.

Ya ha comenzado el otoño y el cielo amenaza lluvia. El tiempo esta frío, pero cada tanto el sol logra filtrar algún rayo de calor entre las nubes. Es mediodía y el pueblo está en calma. Compramos algunas provisiones en la única despensa abierta a esta hora y salimos al camino. Las gotas de agua que desprenden las nubes mojan el ripio y lo tornan más resbaladizo. Transitamos por un camino de curvas que se interna en el bosque húmedo que moldea los perfiles de las montañas de la cordillera. Nos elevamos por sus laderas y caemos bruscamente hacia lo profundo de sus valles con el correr de los kilómetros. A nuestro paso, las hojas que desprende el otoño vuelan para formar un arco iris de colores detrás de la camioneta.

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Al cabo de una pronunciada pendiente, llegamos al lago. Una cabaña de madera humea sus leños por la chimenea, pero nadie responde a nuestras palmadas. El camino continúa por el borde del agua y por momentos se arrima tanto a la orilla que el viento logra salpicarnos. Eso hace también que la tierra se transforme en barro obligándonos a utilizar todos los recursos de la 4×4 con las ruedas salpicando para todas partes.

Llegamos al fondo del lago y nos topamos con una tranquera. Por suerte la lluvia amainó y nos permite abrirla sin mojarnos. Unos metros más adelante, la huella se interrumpe en unos pozos tan grandes que debemos esquivarlos por el campo. Las raíces de un gran ciprés agregan dificultad al asunto. A los saltos y abriendo huella frente a la mirada atónita de las ovejas, volvemos al camino inundado que desciende por la montaña. La lluvia se hace presente. La huella que se fue profundizando con el paso de algunos vehículos del campo, le queda grande a nuestra camioneta. Perseverantes, avanzamos con cuidado montándonos sobre las paredes y el centro del camino tratando de evitar los surcos que podrían dejarnos encajados.

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De repente, un par de vacas Hereford interrumpen nuestro paso. Pese a la clara amenaza que representamos, parecen no inmutarse. Debemos acercarnos a escasos 3 metros para que decidan hacerse a un lado y dejarnos seguir hacia adelante. Abrimos una tercera tranquera que no es más que la continuidad del alambrado sostenido con un palo. El barro cubre gran parte de la camioneta y también las suelas de nuestros borcegos y parte de los pantalones. La huella es interminable y nos cuestionamos si realmente llegaremos a algún lado.

Pero no claudicamos y finalmente obtenemos nuestra recompensa. Una tranquera azul anuncia el nombre de la estancia y un tentador letrero que indica “Solamente Pesca con Mosca. La superamos y nos quedan tan sólo un par de kilómetros hasta el casco en donde nos reciben unos cuantos perros que se declaran en guerra con el nuestro. Don Pube sale a nuestro encuentro y calma los ánimos. Al cabo de las presentaciones habituales, una ronda de mate y las preguntas de rigor sobre nuestro viaje, este gaucho patagónico nos revela el secreto que veníamos buscando. Se sube a su camioneta y en unos cuantos minutos nos guía hasta el río en donde nos da permiso para acampar en un potrero de su propiedad, no sin antes dejarnos unas cuantas recomendaciones y pedirnos los permisos de pesca correspondientes. ¡Estamos donde queríamos estar!

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Viajes como estos, son los que suman kilómetros a nuestra vida, nos conectan con personajes locales y nos permiten conocer lo más profundo de estas tierras. Somos una familia que viaja desde hace años por la Patagonia alternando nuestra vida de viajeros con la tranquilidad de nuestra casa en la ciudad y el contacto con muchos amigos de todas partes. Llevamos más de 100.000 kilómetros por las rutas australes, 10 libros escritos y cientos de metros de lanas tejidas a mano.

Somos Ezequiel, Valeria, Tomás y nuestro perro Otto.
Somos Libros de viaje / Lanas de viaje.
Te esperamos.

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