La prueba del miedo.

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(extraído de nuestro libro Aventuras en los Siete Lagos).

publicado en Identidad Austral.

Después de cenar Tomás cae rendido dentro de la carpa. Aprovecho la oportunidad para trepar la montaña hasta la proveeduría y hacer el pago de nuestra estadía, porque los niños a los 4 años, suelen dormir profundamente. A mi regreso, camino dentro del bosque en total oscuridad sintiendo el crujir de las maderas del puente a medida que voy cruzando el arroyo. Cuando bajo por la otra orilla escucho un llanto desesperado…

-¡¡¡Papáaa…Tengo miedo!!!

El grito es desgarrador. Un escalofrío recorre todo mi cuerpo en el preciso momento en que reconozco a Tomás en ese llanto. Con grandes saltos sobre las rocas sorteo los troncos en un intento por ganar velocidad. Aunque el suelo está flojo y varias piedras caen al agua me mantengo firme en mi paso. Son unos pocos metros que se hacen una eternidad. Ninguno de los acampantes que está cerca parece haber advertido que Tomás está dentro de la carpa llorando.

Abro los cierres de la puerta y me zambullo sobre él. Lo encuentro arrodillado al fondo sobre su saco de dormir llamándome con desesperación. Lo abrazo con todo mi amor y lo tranquilizo diciéndole que ya estamos juntos. Sus brazos me rodean el cuello y sus piernas se aferran fuertemente a la cintura. Sentir su cuerpo es lo único que me devuelve la calma. El tiempo se detiene. El abrazo es tan íntimo que todo a nuestro alrededor desaparece. Sólo sentimos como laten nuestros corazones pegados el uno al otro. Más tranquilos, nos quedamos abrazados y sentados bien juntos nos ponemos a conversar.

-¿A dónde estabas papá?– me pregunta.
-Fui hasta la proveeduría a pagar la estadía– le cuento.
-Porque yo me desperté y me asusté– me responde. Si supieras susto que me di yo, pienso.
-¿Y por qué te asustaste?– le pregunto.
-Porque estaba oscuro y no sabía dónde estabas- agrega.
-¿Querés que vayamos a conocer la proveeduría?– le propongo.
-¡Siii, dale!– acepta muy contento y nos ponemos en marcha.

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Mi propuesta tiene un objetivo preciso que se lo haré saber en el camino.

-Acá en la montaña no hace falta tener miedo, no te va a pasar nada– le digo.
-Es que estaba oscuro- me responde.
-Entonces podemos hacer la prueba del miedo para espantarlo- propongo.
-¿Y cómo se hace la prueba del miedo?- pregunta curioso.
-Es muy fácil. Vamos a caminar dentro del bosque a oscuras, sin la luz de las linternas. Yo hacía esta prueba en los campamentos cuando era chico para espantar al miedo- le comento.

Piensa unos segundos y pregunta: -Pero no vamos a ver nada.
-En realidad sí vamos a ver. El bosque no es tan oscuro como parece. La luz de la luna se filtra entre los árboles y una vez que acostumbremos la vista a la penumbra, distinguiremos claramente todas las formas que nos rodean- le explico.

-¿Vamos papá?- me pide ansioso.
-Dale, vamos- y tomados de la mano desaparecemos entre los árboles.

Caminar en la oscuridad hace que el sentido de la vista se vea disminuido percibiendo sólo las formas más grandes. Los otros detalles, fluirán por el resto de los sentidos. Los poros se abren para sentir la agradable temperatura de la noche clara y estrellada. Sentimos cualquier brisa, por imperceptible que sea rozándonos suavemente la piel y haciendo sonar las hojas de los árboles. El rocío de la noche despierta todos los aromas de la tierra e incentiva aquellos que ocultan las plantas. Sentimos como crujen las maderas del puente debajo de nuestros pies y recogemos infinidad de texturas en nuestras manos. Y saboreamos el oxígeno puro que ingresa a nuestros pulmones con grandes bocanadas de aire.

De este modo, subimos por el camino hasta la proveeduría. A esta hora ya no pasan autos y los últimos vestigios de polvo se esfuman del aire. A medida que avanzamos se ven pequeñas fogatas con sus columnas de humo colgándose de las copas de los árboles. Nos saludamos con cada persona que se cruza a nuestro paso en dirección a la playa. Nos sentamos junto al lago y le damos las buenas noches lanzando unas cuantas piedras al agua. El río desemboca ahora más silencioso para dejarnos dormir acurrucados. Es media noche y estamos completando la mitad del viaje. Nos metemos en los sacos de dormir abrazándonos y compartiendo la almohada en una noche agradable en el mejor lugar de la Patagonia, el camino de los Siete Lagos, agreste, natural, bello, único.

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